Murió el jefe más tirano del mundo

Edward Mike Davis fue uno de los zares de la industria petrolera yanqui. A sus trabajadores los trataba como esclavos, con medidas insólitas.
murio-el-jefe-mas-tirano-del-mundoMurió Edward Mike Tiger Davis. Tenía 85 años y el final lo encontró en su casa de Las Vegas. ¿Quién era Davis? Para todos sus empleados y para cientos de periodistas se trató del jefe más tirano del mundo. Así lo calificaban los diarios estadounidenses.

Su carrera fue meteórica y estuvo tocada por la suerte. En los años ’50 empezó a trabajar como chofer de Helen Gilmer Bonfils, una de las mujeres más ricas y poderosas en Colorado, Estados Unidos. Dinero y poder eran las armas de una mujer a la que la naturaleza no la tocó con la varita de la belleza. Y Edward era un vivillo con buen ojo y decisión. En tantas horas de llevar y traer a su patrona, se volvió primero su confidente obsecuente y luego su amante servicial.

Él tenía 24 años y ella 65. Para Helen, ese muchacho que obedecía todas sus órdenes, y llegado el momento del placer era pura entrega, valía oro. Edward tenía un sólo objetivo. El sacrificio debía valerle la pena. Tanto la enamoró que la llevó al altar. Un casamiento que a todos les parecía ridículo. Salvo a Edward.

Cuando apenas había pasado los 30 años y ella ya era una abuelita de 70, el muchacho pidió el divorcio. Las excursiones a la cama con su esposa, después de casados, se hicieron tan esporádicas, que ellas las festejaba como un día del estudiante. El objetivo de Edward estaba cumplido.

Los abogados hicieron su trabajo y Davis se encontró nuevamente soltero y con una cuenta bancaria repleta de millones de dólares. El ex chofer le había hecho firmar un acuerdo prenupcial a la millonaria. Allí estipuló que si se llegaba al divorcio, ella le dejaba un cuarto de su forrtuna. Su deseo sexual le salió caro a la señora.

on tantos billetes, Davis decidió que lo que le interesaba era el mundo del petróleo. En Houston fundó la Tiger Oil Company y, hastiado de lo que había sufrido en esos años de obediencia ciega a la Bonfils, decidió descargar todo su odio acumulado en sus trabajadores. Que pronto se dieron cuenta que su empleador era un tirano que se creía general de un ejército de soldados rasos.

Su empresa comenzó a crecer y a sumar ingresos cuantiosos. Y él adquirió una manía insana: emitir normas de esclavitud. Se podría hacer un catálogo con sus órdenes disparatadas. Entre ellas estaba la que prohibía terminantemente celebrar cumpleaños, nacimientos o cualquier otra evento en la empresa. Si alguien la infringía estaba despedido. Era común (como hoy) que el trabajador festejado llevara una torta para compartir, pero las mismas quedaron borradas del mapa. Para Tiger Mike los empleados no podían perder ni un minuto de “su tiempo”. Sí, su tiempo.

Para Davis, durante las horas laborales, sus empleados eran de su propiedad y otra de sus medidas era que los empleados no podían tomarse ni tres minutos para fumar o estirar las piernas. Sus decisiones ya rayaban en la locura cuando firmó una orden general esclavizante: durante las vacaciones, los trabajadores debían buscar su reemplazante y cuando estaban enfermos se les descontaban los días de ausencia.

Davis salía a “cazar” empleados todas las mañanas. Prohibió que hablaran entre ellos y osaran divulgar algún chisme. Tampoco le gustaba escuchar insultos de los empleados, así que si escuchaba uno, a la calle con ese trabajador. Lo cómico es que él si estaba autorizado a insultar. Y lo explicó en uno de sus famosos comunicados: “Yo insulto, pero como dueño de esta compañía es mi privilegio y no puede ser asumido de la misma manera por ningún trabajador. Es lo que me diferencia de ustedes y así quiero mantenerlo”.

Peor todavía. Además del despido se llevaba una denuncia penal el empleado que osara entrar a su despacho y se llevara “mis caramelos, cigarrillos, medicinas u otros objetos personales”, redactó. Pero batió todos los récords cuando escribió el comunicado que informaba que “debían saludarlo, pero él no debía responder el saludo. Que no lo molestaran y le hicieran lastimar la garganta respondiendo el saludo a todos esos hijos de p…”.

A mediados de los años ’80 su empresa quebró, pero él ya era uno de los multimillonarios más poderosos del país. Nunca se dejó fotografiar y vivió en soledad. Ahora murió. Su entierro no fue muy concurrido. Algún pariente desorientado y nunca reconocido por él, presente sólo por el deseo de conocer el testamento; el cura oficial y los empleados del cementerio.

Se fue Edward Mike Tiger Davis. No habrá lágrimas para él. Y algún ex empleado suyo, que hoy ronda los ochenta, habrá levantado una copa. No para saludarlo, sino para festejar su adiós. Lo que siembras, cosecharás…

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