Más de 7 mil kilómetros y 15 días para llegar a Santa Fe, huyendo de Venezuela

La situación de extremo dramatismo y descontrol político que se vive en la sociedad venezolana, en la actualidad al borde del estallido social y el conflicto político internacional, empuja a miles y miles de habitantes a buscar un nuevo futuro con condiciones dignas de vida en otros países de Sudamérica.

Y ese es el caso de Manuel y su familia, que en diciembre de 2018 se subieron a su vehículo y recorrieron más de 7 mil kilómetros hasta llegar a Santa Fe buscando asilo, con la ilusión de un «nuevo comenzar» como familia.

Y así fue que el 15 de diciembre de 2018, a las 10 de la mañana, Manuel y su familia emprendieron el viaje desde Barinas, en el occidente venezolano, hacia Santa Fe en su «carro», repleto de sueños e ilusiones que en los últimos años se habían desvanecido. «Me traje mi vehículo porque fue imposible venderlo producto de la brutal recesión económica presente en el país. La idea era comprar los pasajes de avión para llegar a Argentina, pero fue utópico. Finalmente tomamos la drástica decisión de viajar por tierra, cruzando toda la selva amazónica brasileña, más de 600 kilómetros selváticos sin un metro de carretera», comenzó recordando Manuel Barazarte.

Desde muy pequeño a Manuel lo criaron con un amor muy grande por Argentina, más precisamente por la provincia de Santa Fe, ya que su papá es santotomesino. «Mi padre se escapó del país en la década del 70 huyendo de la dictadura, llegó a Barinas, conoció a mi madre y fruto de esa relación es que nací yo. Mi madre y mi padre tuvieron tan solo un año de relación, ya que en julio del año 1979, un mes antes de mi nacimiento, tuvo que regresar a Argentina sin poder conocerme. Allí se perdió todo tipo de contacto con mi madre, hasta que 27 años después, logré contactarme con él a través de internet, tras de 5 años de búsqueda. En 2008 vine a Buenos Aires a conocerlo y en 2010, lo llevé a Venezuela a encontrarse con mi mamá, 30 años después de la separación. Hoy estamos tramitando el reconocimiento paterno para yo poder tramitar la nacionalidad argentina», contó emocionado Manuel.

«Llegué a Santa Fe principalmente porque en Venezuela sentí que ya se me habían perdido todos los sueños. Llegó un momento donde los límites nos invadieron, límites para comprar, para comer, para pensar, para jugar… límites para vivir. Y los venezolanos todavía queremos soñar con algo mejor, por eso comenzamos a huir a distintas partes del mundo», expresó Manuel respecto a su salida de Venezuela.

«Cuando en Venezuela se comenzó a ver una serie de expropiaciones con el presidente Chávez entre 2006 y 2010, la situación empezó a tornare extraña. La excusa fue apropiarse de las tierras para que las trabaje el campesino, pero fue solo una ilusión, porque todo quedó en manos del Estado y los campesinos empleados. Poco a poco el aparato productor comenzó a hundirse junto con todas las empresas. El dinero empezó a no alcanzar para nada, el hambre y la pobreza se adueñaron de las calles. En la actualidad, un pollo cuesta 14 mil bolívares, casi lo mismo que el sueldo decretado por el Estado en Venezuela, 18 mil bolívares. Trabajando todo un mes, apenas te alcanza para un cartón de huevos o un pedazo de queso, más que eso no se puede comprar, imposible aspirar a adquirir ropa nueva o darse un pequeño lujo. Al mismo tiempo el gobierno entrega a precios accesibles, bolsones de productos básicos. Es pobreza en su máxima expresión, y con ella, el final de los sueños de miles de venezolanos», explicó Manuel.

Para dimensionar la situación en Venezuela, y así las cosas narradas por sus habitantes, en un hogar que tiene dos personas recibiendo un salario mínimo de 18 mil bolívares (US$ 5.97), más el ticket de alimentación de 1.800 bolívares (US$ 0.60) que entrega el gobierno, ese ingreso solo les alcanzaría para alimentarse 3 días. Entonces, un hogar requiere de al menos 20 salarios mínimos para comprar los productos de la canasta básica.

«Ante esta situación, la gente va perdiendo la masa muscular, se va deteriorando en vida porque no se ingieren los alimentos básicos como leche, carne, huevos y demás. Cansada y con muchísima bronca, la gente sale a la calle a protestar y recibe a cambio balas, represión brutal, con más de 100 muertos por días en las calles», continuó agregando Manuel.
Hoy, ya instalado en Santa Fe, Manuel junto a su mujer, Carolina Moyan, y sus dos pequeños hijos de 8 (César Eduardo) y 3 (Manuel Eduardo) años, respiran aliviados y miran hacia adelante con la ilusión de poder volver a recuperar su calidad de vida, soñando con algún día volver a Venezuela. Mientras tanto, el venezolano de padre santotomesino, ya tramita la ciudadanía y los expedientes legales para poder comenzar a trabajar.

Y para arribar a Santa Fe, ésta familia venezolana contó con el apoyo incondicional y la ayuda inconmensurable de amigos santafesinos, como Mariano «El Mono» González y su familia, Don Luis Gonzáles y sus amigos, Miguel Irazoqui, la familia de Federico Niklas, Don Jorge Jeison y su esposa.

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