Cómo fueron las últimas horas del policía asesinado en Bariloche

Creen que lo mataron por una deuda y que el apriete se les fue de las manos a los captores. Es la sospecha que surge del análisis de las comunicaciones, y del relato de los testigos.
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A un mes de la aparición del cadáver del policía Lucas Muñoz en Bariloche, la principal hipótesis del caso que conmovió a Río Negro establece que el agente tenía una deuda de dinero con uno de los narcos que operan en la ciudad. Esta sospecha surge del análisis de las comunicaciones de su celular, de las llamadas hechas por sus superiores el mismo 14 de julio, fecha en que desapareció, y de los testimonios recabados hasta el momento.

Según se lo han referido a Clarín fuentes provinciales, judiciales y policiales todo indica que Muñoz le debía una suma no demasiado significativa a alguno de los delincuentes dedicados al tráfico que sobresalen en la región.

Hay fuertes indicios de que Muñoz llegó pasadas las 13.30 a la esquina de la Comisaría 42 donde lo cruzó un vehículo Corsa Gris de vidrios polarizados y antena corta. La chapa del coche estaba truchada, se confirmó. Como era el horario de cambio de guardia y de intenso movimiento de alumnos y trabajadores, fueron varios los testigos que observaron la escena. Desde el interior del coche, siguen las fuentes, alguien le apuntó con un arma y lo hizo ingresar. Muñoz conocía a sus captores y habría entrado dócilmente, aseguran.

El análisis pormenorizado de las primeras pistas vinculadas al cuerpo, le hacen pensar a los investigadores que el agente tuvo un altercado con sus secuestradores y eso provocó un primer disparo en su pierna. “Probablemente estaba escapando”, teorizan. La alternativa era llevarlo a un hospital o “resolver el problema”. Entonces, culminaron el trabajo con un disparo en la nuca.

El correlato de las llamadas, así como un mapeo de sus vínculos personales, demuestran que el policía tenía contacto con “personajes” de la noche barilochense, entre los que figuran dos narcos a los cuales se los asocia con dos jefes suyos. Hay voces que dan por seguro que Muñoz tenía una deuda de dinero con uno de estos delincuentes. “Muñoz no tenía la capacidad de robarle mercancía a un narco importante. Su problema era otro, más sencillo”, dice una alta fuente policial.

El joven pudo conseguir lo que se le exigía, es la conclusión que subyace en ámbitos policiales y judiciales. El grupo de delincuentes que lo asesinó conocía bien a sus jefes directos y a compañeros, con quienes hacían “negocios” constantemente.

Su conducta, detallan, estaba marcada por el disfrute, consumir marihuana e ir de fiesta. Hay numerosos videos, llamadas y testimonios que prueban estos datos. Sus diálogos telefónicos demuestran que siempre andaba a la caza “de algún fasito”.

“Era un chico disoluto, fumador pero no era alguien importante en la escala delictiva policial”, explica una fuente provincial. En el celular de Muñoz quedaron registradas las imágenes de algunas fiestas en las que se lo observa bebiendo, consumiendo y en compañía de distintas amigas, detallan. En sus diálogos telefónicos la pregunta: “¿tendrás fasito?”, se repite en numerosas ocasiones.

El Gobierno interpreta que Muñoz era una pieza menor dentro del tablero de corrupción que afecta a la Fuerza. Que no apareciera a horario en su trabajo no resultaba extraño. Ese mismo día se comunicó con la Comisaría 42 y avisó que “estaba llegando tarde”. Finalmente no apareció, revelan nuevos testimonios. A las 15, un oficial de esa seccional le avisó al titular de la 42, Jorge Elizondo, que “no había llegado”. Extrañamente, el comisario no llamó ni una sola vez a Muñoz para conocer su estado. Testigos indican que Elizondo solo ordenó un desganado “vayan a buscarlo”. La situación se enrarece más porque el propio Elizondo se comunicó por teléfono con el jefe de Seguridad Vial, David Paz, y le solicitó que mande a un agente a encontrarlo. Los que aparecieron en la pensión en la que vivía el agente fueron Daniel Irusta y Julián Morales, ambos amigos del policía.

La única conclusión posible, subrayan, es que todos eran conscientes del “estado” psicológico de Muñoz puesto que era parte de sus actividades delictivas en las que también participaban criminales locales. “Al principio pensamos que su muerte era producto de algún lío sentimental, un marido celoso. Con el pasar de los días entendimos que tampoco era factible el robo de una importante cantidad de mercancía. Hay indicios de que debía dinero, no una suma tan importante, pero la situación se les fue de las manos a sus captores y lo mataron”, explican fuentes de la Justicia y la policía rionegrina.

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